Minoría de segunda clase

11/Oct/2011

El Observador

Minoría de segunda clase

11-10-11 Egipto. Los coptos, que padecieron un duro ataque de los militares el domingo, suelen ser discriminados
Sin Hosni Mubarak y sin dictadura, pero Egipto no vive en paz. Desde la caída del presidente que gobernó durante casi 30 años, en febrero, el país no conocía tal grado de violencia. El domingo de sangre que padecieron los cristianos coptos elevó la preocupación de que los egipcios se zambullan en una escalada de enfrentamientos étnicos. Los coptos están más desprotegidos que nunca en una sociedad dominada por musulmanes a pesar de 13 siglos de convivencia.
No fue el primer incidente en lo que va del año con esta comunidad que en Egipto, de 85 millones de habitantes, representa el 9% de la población. Sí resultó ser la más letal: en los enfrentamientos con las fuerzas de seguridad murieron 26 personas y quedaron más de 300 heridas. Los cristianos coptos habían organizado una marcha por El Cairo para protestar por una serie de ataques contra sus iglesias, el último, una quema de un templo en la provincia de Asuán, en el sur de Egipto.
Los militares, que tienen la sartén por el mango desde la caída de Mubarak, acusaron a los coptos de haber provocado esa larga noche de disturbios; estos, por su parte, aseveran que fueron golpeados y recibieron disparos de fuego sin mediar oposición. De cualquier modo, a esta comunidad cristiana, presente en todo el norte africano, le quedó claro que la nueva realidad egipcia les tiene aun menos paciencia que el régimen de Mubarak que solo les daba alguna representación parlamentaria y al menos recibían protección.
La transición ha resultado problemática en Egipto. Los gritos de libertad y democracia prorrumpidos durante las revueltas pacíficas de enero y febrero, que tuvieron como epicentro la plaza Tahrir de El Cairo, no se han traducido en una mejora en la calidad de vida. Nada más lejos. Todos los viernes los cairotas continúan reuniéndose para protestar contra la junta militar que tomó el control, a la que piden acelerar el proceso democrático. No bastan los anuncios de unas elecciones parlamentarias que se celebrarán el mes próximo para aplacar los ánimos.
En la confusión, en el vacío de seguridad y orden generado por la salida de Mubarak -un aliado de Estados Unidos y Occidente-, los grupos islamistas ultraconservadores, conocidos como salafistas, han ganado lugar y espacio. Los Hermanos Musulmanes, proscriptos durante el antiguo régimen y considerados como un grupo terrorista por las naciones occidentales, también han dado pasos hacia la captura del poder.
Segunda clase
En una abarrotada catedral copta, el papa copto Shenuda III celebró ayer una ceremonia para despedir a los fieles muertos, en medio de fuertes medidas de seguridad y una generalizada congoja. Tras el rito, las palabras de rabia y dolor florecieron para culpar abiertamente al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas y a su jefe, el mariscal Hussein Tantaui, el mandamás al frente de Egipto desde la caída de Mubarak.
Pese a que son unos 13 millones, los coptos se creen ciudadanos de segunda clase. Y tienen motivos para sentirse así. Para empezar, la ley islámica es la ley del Estado. En el Parlamento cuentan con una participación mínima y es impensable que puedan acceder a altos cargos en el Ejército y en la administración pública. En el acceso al trabajo también tienen inconvenientes, aunque lograron hacerse su buena fama en las artesanías y la joyería. El propio Shenuda III sufrió la persecución al sufrir arresto domiciliario en un monasterio en el desierto entre 1981 y 1985.
La conversión de un musulmán al cristianismo -religión vinculada a Occidente y a los cruzados- es casi una tragedia; no pasa nada si es al revés. La construcción o restauración de una iglesia es un dolor de cabeza ante los obstáculos legales que suelen interponerse a los cristianos; no es así cuando se trata de una mezquita. Los libros de historia no dicen nada sobre los seis siglos en los que Egipto vivió como tierra cristiana.
Lo paradójico es que por mucho tiempo los cristianos y musulmanes han logrado convivir tranquilamente, quizá porque a lo largo de las últimas décadas los cristianos se han ido marchando. En una época no muy lejana representaban el 25% de la población. Hoy en día los enfrentamientos son muy frecuentes. Es evidente que algo cambió o empeoró.
El factor político, además, está jugando fuerte en la actual crisis. Los analistas advierten que el régimen militar promueve los choques religiosos para generar desconcierto y manipular la opinión pública.
«No hay nada como un buen conflicto religioso para distraer la atención del público y lubricar la demagogia», señaló un análisis del diario El País de Madrid.